La sopaipilla chilena

Es una de las masas fritas más tradicionales, incluso se ha convertido en una de las comidas rápidas preferidas de los chilenos de todas las edades. Se sirve dulce o salada, y hay muchas formas de prepararla, pero la que lleva zapallo y se moja en una salsa dulce de chancaca se lleva todos los aplausos.

 

Sobre todo en las estaciones Otoño Invierno, el consumo de las  sopaipillas crece,tanto cuando se hacen en la casa, cómo cuando se compran en los infaltables carritos.

 

Quien haya visitado Chile no podrá olvidar sus famosas sopaipillas. En casi todas las ciudades existe un gran surtido de carritos ambulantes vendiéndolas durante todo el año; se esmeran en ser “los reyes de la sopaipilla”, ofreciendo un sinfín de acompañamientos como distintos tipos de salsa de ají, pebre, chucrut, mostaza, kétchup, queso, azúcar impalpable, miel y muchos más. En estos puestos callejeros, los vendedores las fríen a la vista del público y cada persona puede agregarle el aderezo que desee.

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La receta llegó a América en el 1700, junto con los colonizadores españoles que las llamaban “sopaipa”, palabra de origen árabe que significa pan mojado en aceite. Los araucanos las bautizaron sopaipillas en honor a un ave de la región. El aporte americano fue darle el baño de chancaca, un producto típico de la repostería chilena elaborado con azúcar sin refinar y melaza, saborizada con canela y cáscara de naranja o limón.

 

La sopaipilla cabe en la clasificación de panes fritos. Se hacen principalmente con zapallo en la zona centro-sur, con papas en la zona sur de Chile o, simplemente, con harina de trigo. En el campo se comen como aperitivo antes del asado, acompañada con mostaza, salsa de ají, aguacate, tomate o pebre, formando una alianza perfecta.

 

Lo curioso es que en Texas, Arizona y Nuevo México (Estados Unidos) también las preparan, con el mismo nombre y de la misma forma (dulces o saladas), desde hace 300 años, al punto que fue reconocida como “pastel oficial” del Estado de Texas entre 2003 y 2005. Allí dicen que la receta les llegó de las colonias españolas de México. Lo cierto es que en la cocina andaluza, en Perú, Uruguay, Paraguay y Argentina se cocinan diversas tortas fritas, cuyo rasgo común es estar hechas con una masa de harina de trigo frita en aceite o manteca. Pero la chilena es hasta ahora la más famosa de todas.

 

La “sopaipilla pasada”, dulce y pasada por chancaca, es un rito de las familias chilenas durante las tardes frías y lluviosas de invierno.

 

1 taza de calabaza o zapallo cocido

2 a 3 tazas de harina leudante

2 cdas. de manteca derretida

1 pizca de sal

Aceite para freír

Salsa de chancaca

450 g de chancaca (melaza)

800 ml de agua

1 rama de canela

1 cáscara de naranja

20 g de fécula de maíz

  1. Cocinar la calabaza al horno y hacerla puré. Pasarlo por un colador para que quede bien fino.
  2. Colocar en un bol el puré de zapallo, 2 tazas y media de harina, la manteca blanda y la sal. Unir y amasar hasta obtener una masa homogénea. Añadir más harina si fuera necesario.
  3. Sobre una superficie enharinada, estirar la masa con la ayuda de un rodillo, hasta dejarla de 1 cm de espesor.
  4. Cortar discos del tamaño deseado y, con la punta de un cuchillo, le hacemos un orificio en el centro o pinchar la masa con un tenedor.
  5. En un sartén profunda, colocar el aceite y calentarlo a fuego medio.
  6. Freír las sopaipillas por ambos lados, hasta que estén doradas. Retirar y apoyarlas sobre papel absorbente.
  7. Para la salsa, en una olla, colocar la chancaca, el agua, la canela y la cáscara de naranja. Llevar a fuego medio y revolver para ayudar a que se disuelva.
  8. Una vez que la salsa esté hirviendo, agregar la fécula disuelta en un poco de agua. Revolver y esperar que hierva.
  9. Retirar del fuego y colocar allí las sopaipillas. Servir inmediatamente.

También se pueden servir saladas con pebre (una especie de salsa criolla con tomate, locote y cebolla), dulces o simplemente espolvoreadas con azúcar impalpable.

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